O a tiempo parcial. Habrá quien no esté de acuerdo, pero hemos llegado a la convicción de que en estas dos categorías estamos englobados todos los seres humanos. Siempre fue así y me temo que así continuará. Lo podemos observar en todos los ámbitos.
Todos nos comportamos como idiotas en algún momento, unos más otros menos. Los idiotas a tiempo parcial somos muchos -disculpen que me incluya en el grupo “parcial”-. En estos tiempos en los que parece que aflora la estupidez colectiva y a los que habría que aplicarles aquella canción de Bob Dylan titulada “idiot wind”, los idiotas a tiempo completo están invadiéndolo todo como las setas en otoño o el covid. Este último tipo de idiota es aquel que en todo momento y lugar es estulto perdido. No hay logos, hay borregos. De esta mayoría sale el problema; la gente, muchísima gente, demasiada gente y todos nos reflejamos en su estupidez en todos los ámbitos y en la política somos un fiel espejo de esta lamentable realidad.
Con el corazón en su mano y en el momento bueno y razonable del día, observen, reflexionen sobre el panorama político y seguro que reconocerán que estamos –políticamente- en manos de auténticos idiotas, la mayoría a tiempo completo. Ya no es por sus payasadas bochornosas, a veces salvajes, obscenas. Los estúpidos tienden a lo malvado o a la inteligencia “de corral”, no más y destacan por su inutilidad e inoperancia.
Tenemos una izquierda auto-caníbal, sectaria, ultraaparitiche, discriminadora, perdida en disquisiciones y centrada en derechos sociales que son necesarios pero que no dan de comer. Su discurso es granítico y plano. Aburrido. Cobarde a veces. La derecha civilizada no existe, sobre la ultraderecha de hoy, algunos abuelos que fueron camisas viejas se abochornarían viendo a los “falangistas” de hoy; palurdos, tatuados, zotes, garrulos, cazurros, penosos, solo ofrecen folclore que sería cómico si no jugara con fantasmadas de mal gusto.
GxA

